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Alfonso García, fuerza, verdad y étnia. Trilogía para un tiempo
Javier de la Rosa. 1989

Giramos y nos vemos como el discóbolo mirando hacia otro lugar; el impulso del disco lanzado por el atleta es otro rota-giro para lanzar. Se hace camino giroscopiando la propia tierra, y llega la galaxia, se olvidó de su pequeña estructura de plato y viaja, vuela libre formando estrellas, vibra su ser en despropósitos, ya no existe, es, vorágine olvido de las tierras, es vértigo expelido a la atmósfera y se frena con el aire que al tiempo lo sostiene y frota. El objeto ya es un tiempo, se desgasta, se posesiona y actúa, en el lugar de caída, está, ahora, vivo.

Son como rosarios, y sus misterios, esas esferas, en el Nepal las llaman Tchimas y van con el viento, giran como las veletas, solas, y siempre con rezos constantes, grandes bolas que cualquiera las pueda mudar de sitio y también siguen en la plegaria.

¿Dónde estoy?, parece gritar el Discóbolo quieto en su pedestal; la figura es el dispositivo accionador, la máquina del verdadero objeto y su deseo firme, real; la verdad es el disco que se imagina.

La rueda transmite en sin fin, rodar, rotar, resolver su aspecto redondo. Secreto enigma; el péndulo inquieto. Hay algo que empieza y termina en Alfonso, una línea firme y dos esferas, una nace y otra muere, pero son dos otoños que no han tenido natalicio, no se han olvidado del amor que empezó por primera vez, es dorado conjugar de las hojas del cuerpo humano, rezumando líquidos engendradores. Son las distancias del miedo a la vez que se va, se palpa el oro líquido de los bosques esculturales de metal de carne de hojarasca sutil. Estos equilibrios van hacia una misma vaguada que produce la ruptura, un encuentro, el ataque y el fin.

Ningún río está sólo, es el agua, él, y el cauce su fábrica. La vida una señal como las tibetanas, una línea vertical y otro globo indicador que según Alfonso señala siempre lo lanzado no el lanzador. Cosas vacui, para el mensaje, su lectura es el color que es estética y la forma como lengua.

Hablar del hierro y las soldaduras, o de la madera que ahueca él, como si de arcilla se tratara, pinta en proyectos de escultura y se admira hacia el mirar, rebotes y esferas vuelven espiraculadas pero con la gravidez de un planeta en su centro.

Y todo gira, gira luna, gira sol, helios tropos para dar luces y sombras en los vértigos del plano. Kandinsky punto y línea sobre el plano, música vertida en la materia tridimensional, y la ocasión calculada de esquina a esquina como un damero maldito. Si el punto se agranda es un espacio, si disminuye, un espacio negado, un colapso sempiterno recogedor de las partículas hacia sí. Un agujero negro. La melodía es lo importante, el ritmo la anécdota; la melodía es el alma del guerrero de Moore, el ritmo es el aire, el ascenso. Tal vez todo se redondee como rebotes de sonidos en cajas de resonancias y Kandinsky, dance en la cúpula de la ópera de París.

No quiere Alfonso bailar, él es el Discóbolo; mira a la Luna y son satélites sus creaciones, vibrando en el terreno, ¡lástima que graviten! Que estén clavadas en el terrado; no es cierto, han tenido trayectoria, fueron ya, y entonces ya han nacido, lo ha dicho él y se ensimisma. Y es que si el Discóbolo no tuviese la intención de... La señal de nuevo, el estigma, sabemos que es un proyectador, por su actitud, no por la sustancia.

Ser artista, permite escoger el objeto y dotarlo del sentido artístico, selección que forma parte de lo natural; la cruel naturaleza selectiva en sus cachorros que amamantan de la madre y fallecen los menos dotados. Para esta selectividad Alfonso García lleva a sus manos la vitalidad y la molesta; la irrita provocando los encuentros, los equilibrios y no cae en la cuenta de que esa serena actitud reside en el medio, en el centro, donde el Árbol de la Vida, en mitad del Paraíso Perdido. Y el cauce del tiempo, la relatividad del reloj implacable en sus dientes lentos, pero rápidos, los soles cotidianos, las lunas sigilosas son para él, ruedas, manubrios existenciales, la rueda sosegada que es estética desde su pedestal, pero que miente desde su punto confluyente, allí es donde se dirigen todas las miradas y exceptúa el entorno sin despreciarlo. "la sección áurea". No ocurre con la escultura de Alfonso como con la definición de Leonardo Da Vinci en su tratado de pintura, donde opina que la pintura es superior a la escultura, en el color, hoy, no es así, en el color escultural y en sus tres dimensiones, reside muchas veces, la fuerza de lo tratado. Alfonso juega con los rojos vivos, amarillos, verdes llameantes, confiriendo el toque vívido para resolución de los espacios y el tacto visual; figura y amasa, siente la margen y es marginal en su huida a los extremos de la figuración abandonada por la seducción potente de las fuerzas de agua desatada. Estructural, concibe habitáculos como canorcas musicadas por el paso del aire que arpea y laberinta masas. Otras, acoge rocas negras de las lavas y las somete a la cuchilla y resulta, todo.

Y el tiempo, sobre el tiempo, detenido, en las áncoras del ritmo del mar, denotado en las herrumbres del tiempo.

Y el Discóbolo impertérrito, sigue, en el disco, en el giro, sobre el equilibrio de sus pies, y el más allá, los destiempos.




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