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CAMINOS DE MUERTE: LÉCITOS Y LÁMINAS
Francisco Diez de Velasco
Junio de 2000


Las letras son como cuerpos que se dejan flotar. Como imágenes, como ídolos, no distinguiendo al vivo del muerto, no queriendo que se puedan distinguir, no pensando que sea necesaria la distinción, soldados unos con otros, torcidos y refundidos, alma de unos en otros. Quien se va parece quedarse, al alma se le marca ese camino que la maraña que garabatea el oro, o el metal cuadrado y recortado aquí, en la obra de Alfonso García, no parece casi ni indicar. No es para nuestros ojos, la muerte es de otros o para nadie, mejor, para Don Nadie, ese capitán sin barcos, jinete fetal de lo imposible, símbolo del viaje que parecía sin retorno, algo como el del morir, camino de agonía placentera a ratos, senda de la soledad, por vías que a lo mejor parecen más cotidianas de la mano de Joyce, aunque terminen en el mismo destino que es el del acabamiento.

Algunos griegos antiguos fueron casi modernos, cuando miramos con ellos, a sus objetos, no percibimos dramas imposibles, Edipos cegados, Orestes sangrientos o Electras rencorosas. Percibimos la débil lucha del que intenta comprender las razones del morir sabiendo que no hay escape, que, aunque parezca un espejo que se puede romper, vuelve a recomponerse, a mostrar otra vez la imagen, de nuevo la necesidad del acomodo a la finitud, a la inexplicabilidad. Porque que muera la anciana doblada por la vida, aunque se agarre a ella hasta que las fuerzas se acaben; que muera el guerrero, incluso en la flor de su plenitud, porque cree que en eso radica la razón de ser de sus desvelos y brutalidades, podría hasta entenderse, aunque desde luego mal (porque todos somos algo brutales y por tanto luchamos, somos algo ancianas y por eso nos queremos aferrar, ser como hierro a hierro, bronce dentro de bronce, a ver si todo pasa por nosotros sin llevarnos). Pero ese adiós del niño a su madre, de la madre a su hijo, ¿quién es capaz de verlo sin un vuelco de las entrañas?.

No son esos niños abandonados que se desparraman desde el televisor, esos niños hechos huesos, con madres que no parecen tener ni edad ni leche ni sangre, nacidos sin arreglo, sin ese lento pensar que nos despuebla y nos enriquece, nos recarga pero nos asola, nos abandona, pero no ahora, sino mañana, cuando se nos acerque la hora, no como esos niños dejados a golpe de cámara, en esa miseria que nos arrebata la autoestima, que nos hace mirar lejos, a ese lugar que ya conocemos porque es donde resbala la vista cuando se presenta la muerte. Pero este niño griego, desde el abismo de dos milenios y medio es como un vecino, con su juguete, uno de muchos, como nuestros niños, también cargados de cosas, faltos a lo mejor de hermanos. Está la madre, más que embozada, deformada por una ropa que solo deja ver la cara. No necesitamos ver más para entender que la desdicha difumina la forma, desarregla los contornos, rompe las certezas que otorga la complacencia de quien supo tener lo que quería. Solo madre e hijo, más duro porque quizá es el único, y la soledad es más tirana porque no parece quedar rutina o exigencia que satisfacer.

No hay padre, no nos hace falta como tampoco lo necesitaron quienes pintaron el vaso, porque, ¿qué padre iría hasta el umbral del más allá a despedir a su hijo?. Pero la madre sí está allí, aunque parezca ausente, porque es de otro mundo, porque sigue viviendo mientras su niño se está disolviendo, se lo está llevando Caronte, lo va a embarcar. Pero el barquero sabe esperar para que el adiós no se nos apresure, para que tengamos tiempo de comprender que nada de lo que es la muerte se explica sin más, que no hay regla que se avenga a una estadística, que con lo desconocido no hay componendas. Simple como lo es la imagen, pero nada razonable, nada explicable con los meros instrumentos de esa razón con la que nosotros y también "nuestros" griegos, cavilando, ordenamos nuestro mundo, caricatura que ampara un naufragio en los tenues territorios de otros mundos y otros morires, que ya no necesitarían más que asumirse.

Murió el niño, lo llevó Caronte, lo perdió su madre entre los velos de la hipnótica presencia del fantasma, del descarnado que ha muerto, que dejó el cadáver y se fue hacia las aguas para las que el barquero es consuelo y guía, amigo y ayuda. Caronte no mata, espera y muestra, sin miedo, sin escapatoria, sin sentir y sin sentido. Creemos que murió el niño, porque está en esa posición mediada que tanto pesa en nuestro juicio, en nuestra estética: a medio camino entre la vida, que es la de su madre, y la muerte, que es Caronte y sus aguas inframundanas. La madre se asomaría a despedir al hijo, en una tierra de nadie en que vivir y morir se hermanan un instante, el momento en que la carga del deseo enseña lo que no se ve, esa boca de la muerte tan cerca de la raíz de la vida, muerte-vida, binomio que algunos místicos igualan, pero que el lécito justamente fracciona, vaso de funeral, que sirve para que durante las exequias, cuando el mundo del morir ha invadido el del vivir, todas las cosas parezca que están en su sitio (la imagen exorciza y muestra al muerto el camino) y luego que cada cual se vaya a su cotidianidad (el muerto desde luego al hoyo). Por eso la madre está sola, nadie se atrevería a despedir más allá de la tumba sino ella.

O quizá hemos leído la imagen plegándonos demasiado pronto a las obviedades, pudiera ser que el niño esté en el centro, entre Caronte y la madre simplemente porque es el que se encuentra fuera de foco. Con su juguete, demasiado material para ser fantasma, con su mirada y el brazo tendido a la madre, tan encerrada en ella misma, tan como muerta. La imagen soporta muchas lecturas, hasta alguna que no exploramos, como la que hace a madre e hijo fantasmas a la espera de la orden de Caronte, aunque, en este caso, para qué la despedida entre compañeros de travesía. Si la madre hubiera muerto, otro sería el drama, el padre estaría lejos, pensando otras nupcias, buscando madrastra a ese niño ya marcado por la mano de la muerte.

¿Y cuando el muerto está lejos y hay que llorar sin cadáver?. Un pueblo apegado al mar como el griego pagaba su tributo a Posidón, en mayor medida aún cuando también Ares y sus artes de la guerra se entremezclaban y tumbas de agua acogían a los combatientes. La imagen sirve también de consuelo trayendo algo del difunto ya que nada hay para enterrar, desconsuelo máximo que priva hasta de la experiencia de los cuerpos fríos y rígidos, que anulan el apego y ayudan a adelantar las ceremonias del olvido. Tumba vacía, cenotafio, como ese mar que de tan lleno es un puro vacío, pues morir en el mar es perder el camino de la identidad, sin la prisión de la tierra que delimita y define. No hay lápida, las aguas no se dejan escribir, se revuelven y todo lo engullen, el olvido es el pago de quien se adentra en sus abismos siempre cambiados.

Pero la memoria es el arma de quienes se rebelan contra el destino: escribir el nombre, marcar en la piedra una identidad que hasta hoy ha llegado, casi una inmortalidad. Ahogado, perdido en la inmensidad de las aguas de las que solo una estilizada proa ha podido sobrevivir, Demóclides se deja ver para nosotros, muy pensativo, como corresponde a quien miró a la muerte de frente y fue tocado por su fatal hechizo, con sus armas, pero en un desamparo que no es el de un feroz guerrero, sino el de un muerto, uno de tantos, en la soledad de una espera sin consuelo. Muerto lejos, muerto en el mar, su familia lo recuerda gracias al mármol, de una claridad como la de las playas a las que nunca llegó a arribar, como un perro ahogándose en arena, pero mutada en agua de piedra, lenta, extensa, vacía como la tumba, como la vida por causa de la muerte, terrible agonía del vivir sin el consuelo de un no morir.

Frente al lécito o a la estela funeraria, esa muerte para ser vista por todos, hay otra más oculta, solo para los ojos de unos pocos, que creían conocer atajos en los caminos de la muerte, más listos que el resto, más libres de la locura del mal vivir y de la trampa del mal morir. Un saber solo para iniciados, un secreto que no debiéramos conocer aunque lo tengamos delante, lo estemos mirando, en un soporte distinto, el de Alfonso García, que recorta y recrea, miniaturas magnificadas, pero separadas, ilegibles, con un significado mejor escondido que las laminillas de oro en las que se inspira. Porque los que hicieron las láminas, en oro, para que nada las cambiase, para vencer a la eternidad a la que aspiraban al creer que se convertirían en no-mortales, no pensaron nunca que nosotros, sus lejanos descendientes modernos de sangres más que mezcladas e ideas más que irreverentes, les arrancaríamos de sus tumbas, les despojaríamos de sus ajuares, recogeríamos sus restos en bolsas herméticas y los guardaríamos en sótanos de museos. Y les separaríamos de los objetos que acompañaban a sus cuerpos que eran dos veces tumbas, de por sí por el castigo que estuvieron penando cuando la vida y también por la rigidez que es la seña de la muerte.

Las láminas aparte, en bellas vitrinas o en enormes cajas fuertes, bien custodiadas, bien leídas, bien manoseadas. Cuando nadie debía de haberlas visto, las discutimos y las intentamos comprender; eran para uso exclusivo del alma en el viaje de la muerte, ni siquiera era necesario que estuvieran bien grabadas o escritas con esmero. El mero garabato servía para el alma que era capaz de leer entre líneas, que necesitaba la lámina como recordatorio de algo que no debía olvidar por mucho que todo le llevase a ello, el aturdimiento del haber muerto, las llanuras del más allá donde la sed atacaba tan fuerte que la fuente que aparecía junto a un ciprés blanco era una imagen irresistible. Pero ahí estaba el fulgor del oro para prohibir caer en la trampa, el agua está cargada del peor de los venenos, se trata de la fuente del olvido, el no iniciado se perdería en los sopores de una sed que ahora se multiplicaría porque no sería otra cosa que ignorancia, volver a vivir, volver a morir, muriendo al vivir, agonizando al nacer.

Caminando por entre la muerte gracias a la guía de las letras, el alma escapaba del destino común: "acabas de morir y acabas de nacer". Bailando con los elegidos, bebiendo el vino con los demás iniciados, se adentraba en el territorio en el que no sería otra cosa que un Dios. "Serás Dios en vez de mortal"; conocemos el gran secreto que esconden las láminas de oro, muerte y vida se oponen y se identifican; el mundo es algo más que lo que meramente sentimos.

En el reducto improbable de la memoria, nos recordamos en las espirales retorcidas del pasado y en los metales rugosos que son como revueltas del cerebro. Morimos y moriremos, creyendo que los sentidos construyen un camino como si no hubiera de cambiar, con las palabras y las certidumbres del aquí. Las letras son cuerpos que renacen para nosotros, para mitigar la estrechez de la tumba, para que la mirada no se atreva a escapar en ese soslayo en el que a veces acechan los fantasmas de nuestros segundos robados, como si con la respiración, parado el mundo, creyéramos que podríamos vencer a la fuerza sorda del cambio.




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