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DE LO TRANSCENDENTAL A LO INMANENTE
Néstor Verona


La obra de arte es un objeto significante y, como un lenguaje, está vivo. El proceso creativo lo va desvelando, y el artista-bricoleur revela lo que de verdad se muestra en él. Este lenguaje de lo inefable, de lo que no podemos expresar con palabras, nos significa el mundo, nos lo abre a las ventanas de lo otro. Bajo esta perspectiva, la obra de Alfonso García, se sitúa en el centro mismo de la disyuntiva. Si echamos un vistazo a las anteriores propuestas del artista-antropólogo, apreciamos un motivo que, por recurrente, se nos semeja nuestro particular hilo de Ariadna. Se trata de la cuestión de los límites de lo cultural, de lo que está más allá: de la nada, la muerte, del viaje, los sueños... Sus esculturas se aproximan a la frontera entre la naturaleza y el hombre, representando el viaje del mundo sin transfigurar al mundo transfigurado. La madera y el metal originarios, ancestrales, se mueven ahora en los límites de lo cultural, de nuestro particular lenguaje simbólico.

Para Heidegger, el origen de la técnica está en la forma de confrontarnos a la naturaleza. Si con Lecitos, su anterior propuesta, Alfonso García nos muestra una verdad universal dejando que la naturaleza “brote a la luz” (la muerte), en Materia orgánica provoca la naturaleza, la “desoculta”. Nos muestra el viaje de la naturaleza a la civilización. Esta oposición, fraguada durante siglos, se revela en la obra de arte de forma privilegiada. La elección de los materiales, para dejarlos ser y contribuir en el proceso creativo, provoca el desorden en el mundo ordenado en el que vivimos: el viaje del mundo sin cambiar al mundo cambiado. El viaje está implícito en la propuesta que hacemos. La obra nos habla del viaje, que también puede ser interior, como si de un rito de paso se tratara. Con ello abre las puertas al mundo de lo liminar, a lo que de ritual tiene la transición entre estados distintos. Los atributos de esta liminaridad son necesariamente ambiguos, pues resbalan a través de la red de clasificaciones que normalmente localizan estados y posiciones en el espacio cultural: no están aquí ni allí. El viaje de miles de personas hacia lo desconocido en busca de un futuro mejor representa la invisibilidad estructural de los ritos de paso. Sus posiciones en el espacio cultural han variado. Sufren, por así decirlo, una muerte simbólica: una separación. Su estatus y propiedades cambian, se vuelven ambiguos e indeterminados. En definitiva, no están ni vivos ni muertos, y al tiempo están vivos y muertos. Descubriendo este tránsito, las esculturas de Alfonso García se muestran en un inestable equilibrio entre la cultura y la naturaleza. Son naturaleza deconstruida y remodelada, dotada de nuevos poderes con los que enfrentar su nueva situación, la del conocimiento arcano, secreto y recóndito, la de la gnosis obtenida durante el período liminar. Es un cambio ontológico, y no una simple transposición de conocimientos.
El uso del color en las piezas, además, nos remite a los tipos fundamentales de la experiencia humana de lo orgánico: la leche materna, la sangre, lo puro y lo impuro, blanco-rojo-negro, los colores de África. La apropiación de este significante permite explicitar las relaciones simbólicas que ya estaban ahí pero que se hallaban pendientes de desvelamiento. Todos estos materiales, la madera, el metal, la sangre, llegan a revelar su identidad antes oculta. La obra se retrae en lo firme y flexible de la madera, en lo duro y maleable del metal, en la oscuridad y luminosidad del color. Y este retraerse saca a la luz el empuje infatigable de la materia orgánica.

Las ventanas que abre el artista a otros mundos nos muestran a ese otro extraño, diferente y exótico, conformando nuestra mirada. Construimos al otro a base de retazos, de recuerdos lejanos, de diacríticos culturales, de prejuicios que configuran nuestra óptica etnocéntrica. Traspasar ese abismo que nos separa es abrirse al mundo, a su ritmo, su lejanía y su cercanía, su amplitud y su estrechez. Ser obra aquí significa, pues, establecer un mundo, salir al estado de no ocultación de su ser. Existe sólo como la lucha entre alumbramiento y ocultación, en la interacción entre cultura y naturaleza. Una tiende a hacerse patente, la otra a retraerse dentro de sí misma, logrando ese frágil equilibrio en el que se inserta la obra de Alfonso García. En un mundo que no es un mundo abstracto, sino una pluralidad de mundos concretos, que son como la atmósfera espiritual que influye en la vida de cada pueblo, de cada época, de cada momento histórico. El arte, a través de la historia, ha enfrentado grandes retos para comprender y explicar los hechos, fenómenos, procesos y acciones de la sociedad. Esto ha implicado permanencias y cambios en la manera de abordar los objetos sociales de estudio, a través de construcciones epistémicas, teóricas y metodológicas diversas. Los marcos conceptuales se conforman a partir de lentes culturales y posicionamientos sociales que delimitan los elementos rescatados de la realidad, pero que además se aprehenden en recortes teóricometodológicos específicos. Lo extraño, en este sentido, como desconocido y diferente a lo nuestro conocido (sobretodo en la tradición europea), en muchas ocasiones ha constituido la atracción para la producción artística y al mismo tiempo ha servido como parámetro para comprender (¿colonizar?) lo otro o diferente. Las preguntas del tipo ¿quién o qué es lo extraño y por qué conocerlo?, ¿qué rol juegan los conocimientos extraños y no extraños en la producción social?, ¿cómo se ha producido el conocimiento y quién, desde dónde y para qué lo ha producido?, han dado sentido a la curiosidad por conocer lo otro. La producción de Alfonso García se mueve entre estos límites, situándose en el centro del dilema.

Si la obra de arte proporciona un conocimiento, éste se abre siempre hacia las fronteras de su sociedad, proponiendo síntesis imposibles, encarnando dentro de sí una ambigüedad que es casi inherente a la posición periférica desde la que fue creada. El arte proporciona maneras de expresar lo inexpresable al ofrecer un válvula de escape para aquellos aspectos de la sociedad que, por ser objeto de tabú, sólo pueden hacerse públicos a través de un medio reconocido como inofensivo. El arte, como el mito, se complace en postular soluciones sintéticas para ciertas contradicciones que en la vida social del hombre están lejos de ser resueltas y que se resuelven, al fin, de un modo tal que no amenacen al propio orden social. Lo que carece de solución en el orden real recibe un nuevo bautismo en el mundo de los signos.

Un rumor recorre los poblados, una suave brisa de esperanza, un horizonte de futuro. El sol brilla potente sobre los caminos polvorientos y la fatiga se apodera de hombres y mujeres. Al fin, el inmenso mar se alza ante nosotros. Dos niños con sus túnicas blancas de circuncisos aguardan tras unas retamas secas. Más allá de los arenales, el marabú de Diogué nos da sus bendiciones. Comenzamos la travesía.

 




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