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CIVILIZACIÓN DE MADERA
Jorge Mora
“Sometimes I feel like a motherless child
Sometimes I feel like a motherless child
Sometimes I feel like a motherless child
A long way from home
A long way from home.
True believer
A long way from home
A long way from home”
(Espiritual de los esclavos en Estados Unidos, S. XIX)
I. El origen de morir sin morir
La muerte como otro lugar donde se vivirá mejor o al menos de manera distinta ha
dado origen al imaginario del viaje en la filosofía, la literatura y el arte. Es
posible recordar en este sentido el mito de Er, en la República de Platón, donde
el soldado va y regresa del país de los muertos. El viaje de Orfeo buscando a
Eurídice, o el de Ulises al Hades, de donde sale por la suplica de su madre. Lo
vemos en Gilgamés, que busca la inmortalidad y en Eneas, a lo largo de su
travesía dantesca. Héroes de la literatura y el arte o gente casi común que, no
muere físicamente al final de ninguno de esos relatos, le dan consistencia a una
metáfora. El hombre y la civilización han usado su imaginario constantemente
pare darle un sentido trascendental al cambio, para arrojarse a él con coraje o
simplemente para aceptar su devenir. Esto concluye en que realmente no es
necesario morir para morir.
Casi me atrevería calificar a esta colección de Alfonso García como una
reflexión sobre “Ulises apátridas”. Un conmovedor plural de lo que más o menos
entiendo como espectador ante este ejercicio sociológico que usa al arte para
formar binomio. El arte es después de todo un destacado soporte social. Materia
Orgánica es una suerte de desarraigo, muerte y viaje, fundado sobre claras
coordenadas existenciales. Además, Cayucos parece surgir como excusa de un viaje
más universal. No tuve tiempo de pensar en otra cosa ante un tronco derribado,
atiborrado de actualidad y cargado oportunidad reflexiva.
Evidentemente nos encontramos ante esculturas que hablan del vértigo de la
trashumancia. Hitos dedicados al hombre que no muere, pero que de algún modo lo
hace, para viajar en busca de destino. Ese hombre es como un tronco que, bajo su
imperiosa amenaza de tala esconde el anhelo de otra vida, una vez cumplido el
tránsito.
Una geografía de traslados, casi homérica, nos ofrece el marco perfecto para el
entendimiento de este ejercicio escultórico; tal como supone de cercano y propio
para Alfonso García el mundo tanatológico, el conocimiento de la muerte, del
Hades y de la transformación del espíritu y la materia a través del cambio.
Interpreta así, con un vocabulario limpio y sin giros caprichosos, los valores
de la necesidad y la voluntad. El traslado voluntario de grandes grupos humanos
responde por igual a una existencia real de desequilibrio económico y social y a
una pérdida de la identidad y de los valores propios; acoso y derribo
patrocinado por las culturas dominantes. Especie de visión-noción de la tercera
revolución industrial donde, las necesidades de consumo creadas, impulsan las
voluntades de los individuos (H. Marcuse) desde sus deseos inconscientes hacia
una economía postiza; enajenándolos de su naturaleza y estructura cultural. La
solidaridad la disfrazamos hoy de baluarte, ante las necesidades primarias que
se han reivindicado desde siempre, a través de las moralejas. La humana
existencia y la humanidad romántica, son puntos de vista que excitaron a la
literatura y a la filosofía después de las revoluciones industriales. Sólo han
adquirido una dimensión renovada.
Para Alfonso García, este ensamblaje agreste versa sobre elementos comunes
reinterpretados con aquel patrimonio de intenciones sociales y culturales. Aun
así, Materia Orgánica es una interpretación actual que está asociada a un
vocabulario muy delicado debido a nuestro mal concepto de la muerte y la
tragedia. Una vez más la literatura nos da serias pistas para adentrarnos en el
porqué de esta colección de cayucos simbólicamente ornamentados.
La Odisea da una prueba histórica de que el hombre no ha dejado nunca de mirar
su horizonte. Curiosamente, esto se refleja en los multiculturales ojos pintados
que ven hacia delante ahora, desde la proa de muchos cayucos; además de en la
mirada agotada de sus navegantes. La épica histórica, aquella que es capaz de
cambiar la faz de la tierra y forjar el alma de los hombres, contiene fuertes
dosis de amor y tragedia, aglutinados en un viaje que llega hasta nosotros como
metáfora. La tragedia no es más que, según Nietzche, la afirmación del esfuerzo,
de la necesidad, del poder de la metamorfosis. Lo trágico del viaje no es
generador de angustia ni de pérdida, ya que en el viaje, la negación muta por la
voluntad de poder. La transmutación se presenta al hombre en tránsito como una
nueva forma de ser y de sentir, por lo que éste no contempla pérdida alguna.
En una segunda consistencia con la historia; nuestra particular tragedia de
cayucos, con el mar de telón y fondo, necesita nuevamente del vehículo para
llegar al otro lado e incluso la figura de Creonte, como barquero, sobrevive hoy
en el drama, (adaptado eso si al papel mezquino de las mafias) cobrando al
viajero “una moneda de plata”. En definitiva, siempre ha muerto algo dentro de
cada uno antes de dar comienzo una nueva vida y en este planteamiento está
programado de manera real o metafórica, el viaje.
II. El Cultivo del arraigo, el eterno retorno
Conviene señalar una base de principios particularmente importantes para
comprender la visión del éxodo que nos visita. Las religiones tribales de África
occidental (y con ello muchos de sus fundamentos culturales que se mantienen aun
dentro de las religiones dominantes) son matriarcales o al menos asexuadas. Sí
usamos al pueblo Akal como ejemplo: Nyame, dios genérico y creador ni siquiera
tiene una fisonomía imaginable. La tierra se contempla como un reino femenino,
bajo la influencia de la diosa Amowia que, no es sino la propia naturaleza. A
los que recibimos una marcada influencia judeocristiana, se nos hace veraz el
entendimiento de esta realidad tribal, trasladándonos a las oraciones y cánticos
al Padre Celestial y a la Madre Terrenal que practicaban los Esenios. Poseemos
una alianza llamada Cordón de Oro donde estamos adscritos a ambos, hasta que le
muerte la rompe, volviendo al Padre, que es el centro de energía de donde emana
todo. La concepción africana de la vida, es parte fehaciente de su cultura, de
sus ritos y de un arte. El arte africano, eminentemente estatuario y sobre
madera, gira en torno a máscaras de poder, diosas y espíritus de fecundidad,
madres en preganancia o madrinas que cargan niños. Hablamos de culturas que
contemplan el espacio contenedor como algo inherentemente femenino.
El concepto del nacimiento está marcado por el entendimiento de éste como un
tránsito espontáneo, después de una gestación que podríamos considerar
oportunamente como traslado. En los distintos pueblos de África occidental, las
diferentes etapas de la vida comportan ritos de iniciación y tránsito que,
completan el arraigo del individuo a su entorno social. Cuando este arraigo se
rompe, no significa que se desarticulen los principios que le dan sentido a este
modo de contemplar la vida. En el traslado, viaja también la idea de una
civilización. Un eterno retorno, aun en el desplazamiento y tras la
metamorfosis. Esto confluye nuevamente en las barcazas aplanadas de Alfonso que,
ven en los cayucos concavidades, placentas donde se produce un rito de
iniciación, cubierto y opacado por el drama de la necesidad.
III. El viaje, la épica en los materiales
Se me ocurre ver en el cayuco una unidad para medir las rupturas internas, los
cambios. A lo mejor, también como unidad para medir la relación entre la
voluntad que los fabrica y los medios que asisten al fin último de su destino.
Frente a la imagen burguesa del barco, que ofrece un techo constante al viajero,
el cayuco se verifica como una barcaza rústica, de lo más inhóspita, tosca y
poco intervenida: donde se hacina el individuo en el viaje, expuesto frente a
los elementos.
Posiblemente por eso, esta colección este basada en ruedas pálidas de madera de
Grevillea, poco intervenidas en si mismas. En el plano simbólico, las rodajas de
madera no son sólo la representación de los cayucos donde se lleva a cabo la
parte física del viaje. Aparecen como la exteriorización de la tragedia
individual de sus ocupantes. Partes de un tronco, separadas de su naturaleza
original. Así, una metáfora: la madera y el hombre como materias orgánicas, le
da sentido a la premeditada falta de intervención y modelado. Surge la impresión
de que un árbol fue arrancado de su origen y trasladado luego apresuradamente a
un entorno ajeno a su naturaleza, articulando el desarraigo.
Ahora bien, estas esculturas son secciones de madera con corteza y todo, donde
Alfonso se ha permitido horadar y clavar. La corteza es esa porción protectora
frente al elemento, frente al frió de la noche en medio del Atlántico y por qué
no, propia del pudor del viajero. Las oquedades, los vacíos desde los cuales el
contenido es traspasable, son en cierta medida el lugar donde se guarda todo lo
que está por sucederle al viajero en pos de construirse el destino.
Paradójicamente, al mismo tiempo, son los huecos donde queda arrojado el pasado.
Tal es el caso entonces que las aberturas trabajan asociadas a un lenguaje
espiritual: el de la concavidad vacía, capaz de contenerlo todo. Con ese mismo
instinto, los ángulos abiertos y las geografías rectilíneas de cada una de las
piezas e incluso de las bases, desde donde parecen comenzar a navegar; son una
interpretación del coraje, sostenido y prolongado más allá de sus posibilidades
aparentes. Las superficies rectas y algo más trabajadas hablan de la tenacidad
en el camino tomado y sólo entonces de la decisión, quizás inconsciente, de la
transmutación. Son quillas del deseo, de la memoria y del poder de la
metamorfosis.
Entonces se dedica a jugar con unos pocos materiales cercanos y rudimentarios.
Definimos a los clavos, remaches y placas como un vocabulario coloquial para
trasmitir los pensamientos, por medio de la escultura de ensamblaje que, suele
ser la más expuesta a establecer un diálogo debido a la relación directa que
ofrece entre la suma de los símbolos y su significado global. Alfonso García
despliega hileras de clavos a medio oxidar, ocupando con ellos porciones
apelotonadas en las piezas. Los grupúsculos de tachuelas, alegorías al argonauta
que ocupa la superficie de la barcaza, anclado a ella por voluntad preserva un
sentido residual. Las puntas, dentro de un ideario eminentemente cristiano, nos
hablan de dolor y sufrimiento. No sería de otra manera que pudiéramos legitimar
estas inserciones respecto a su valor.
Las herramientas nunca habían discurrido por la obra de Alfonso García en pos de
un resultado tan tangible, así como el color tampoco había adquirido su papel.
Alfonso podría alegar no tener responsabilidad sobre las elecciones cromáticas.
Diría que le han sido impuestas por el diseño cultural de los cayucos y tendría
razón; pero la decisión intelectual de añadirlo se aleja del mero impulso hacia
lo solemne del significado. La madera ritualmente policromada, son naturaleza e
idea de lo natural en un mismo soporte. Así los colores funcionan desde el
concepto africano de la vida y su relación pura tan enraizada con el entorno.
Por eso la degradación y la tonalidad carecen de sentido en estos cayucos como
en los originales. Los colores son una secuencia y un ritmo vital dentro del
arte primitivo. Añadidos sobre la veta de la madera empatan con el discurrir del
viajero y su parábola.
IV. Bitácora
Hemos partido en travesía desde Senegal, nuestro rumbo era norte- noroeste,
hacia Canarias. Tras el primer día de navegación ya sentimos que el viaje iba a
ser difícil. Las condiciones no eran las más adecuadas y éramos demasiados
hombres en esa pequeña concha que se perdía en el océano. Tuvimos conflictos por
una convivencia extrema que, sólo calmó el común horizonte que tratábamos de
alcanzar. Las noches, aún con el arrollo del mar y una brújula destartalada,
fueron de zozobra frente a la pérdida de ese horizonte diurno que nos entraba
por los ojos y calmaba nuestra ansiedad. Guardamos muchos ratos de tenso
silencio, aunque estábamos apretados los unos con los otros. No sabíamos si
llegaríamos, el mar, el tiempo, los rumores que oímos en Dakar, que podíamos ser
devueltos aun en alta mar… tantos enemigos en contra…. Jamás podré olvidar el
momento que divisamos tierra por primera vez. Una “alegría agotada” nos invadió
a todos, lo suficiente como para recontarnos nuestras esperanzas e ilusiones.
Era todavía madrugada y por eso fueron las luces de la costa, en contraste con
el recortado relieve, las que nos calaron en el alma. Las noches, donde casi nos
congelamos de frío y días y días bajo ese sol inclemente que casi nos volvía
locos, quedaron en un segundo plano. Nuestro corazón ha tenido más fuerza que
nuestro cuerpo en casi todo el trayecto. Estoy sentado en el muelle, hace como
tres o cuatro horas que llegamos a Los Cristianos. De pronto empiezo a
comprender, casi sin poder moverme por la extenuación que, lo único que he
logrado hasta ahora es llegar y que es aquí donde empieza realmente mi viaje.
En esta breve recreación del traslado está el drama del recién llegado y el
entendimiento de lo que tiene por delante. Es indudable que esconde una realidad
universal que compartimos todos frente al atrevimiento de encarar nuestro
destino. Los cayucos de Alfonso García son pretextos oportunos para esta acción.
Nos remiten a enunciados culturales de la vida y el viaje, resueltos
plásticamente a través de un código tangible para todos El sentido último de
Materia Orgánica gira o mejor dicho viaja, desde la corteza de la actualidad
hasta la médula de la existencia, al conversar abiertamente, sin encriptaciones,
acerca del valor y la condición del hombre.
Una colección tosca pero sutil. Repleta de significado y una belleza serena que,
nos atrapa al interpretarla en toda su dimensión. Más que arte en si mismo, es
arte comprometido. Más que esculturas, son una cátedra de “sociología
escultórica”; con una estética a medio camino del entendimiento de dos mundos.
Cuando un “viaje” se produce en verdad, sucede un encuentro que nos transforma y
deja atrás algo por el nuevo destino. Pero incluso entonces, la física nos
enseña que la energía siempre busca y conecta, aun a ciegas, su fuente y su
destino. La tragedia es un verso vivo que se escribe desde la templanza. En la
contemplación de Materia Orgánica hayamos, sí no las respuestas, sí una versión
de lo vital. Un recorrido que, con ojos acomodados se escapa recordar, con la
atención puesta solo en el arribo. Cayucos para viajar; para ver que para los
que llegan éramos un horizonte. Esculturas erguidas desde un océano de metáforas
que la indiferencia hacía inexpugnable. Y en todo caso, la oportunidad de hacer
nuestro su significado.
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