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PODOMORFOS O LA HUELLA DE “LOS INVISIBLES”
José Carlos Cabrera Pérez. 
La Laguna, 3 de mayo de 2000.


Entre las manifestaciones rupestres prehistóricas del Archipiélago canario sobresale, por su carácter figurativo y su naturaleza enigmática y sugerente, un motivo documentado con seguridad en las islas de Fuerteventura y Lanzarote, y no tan claramente en Gran Canaria, Tenerife o El Hierro: la representación del pie humano, más conocida en la literatura arqueológica como podomorfo.

Impresos en determinados afloramientos rocosos o hitos destacados del relieve de las dos islas más orientales, las siluetas de pie muestran su contorno rectangular, con trazos cortos y paralelos en uno de sus lados menores, que sugieren los dedos. Sus dimensiones medias –en torno a los 20 cm- y la frecuencia de grabados geminados alejan la duda en torno a su significado, aunque puedan aparecer reunidos en grupos de tres y cuatro inscripciones. En otros casos, la esquematización del pie humano reduce los podomorfos a sencillos rectángulos u ovoides -sin digitaciones-, que mantienen una agrupación por pares o en número superior.

El concepto de podomorfo se identifica de inmediato con la Montaña de Tindaya, tradicionalmente considerada como la montaña sagrada de los majos de Fuerteventura y escenario de relatos de brujas o de acontecimientos extraordinarios y sobrenaturales. En las cotas altas de este pitón traquítico se ha documentado un total de 213 grabados, en su mayoría correspondientes al motivo que tratamos. Localizados en paredes verticales, en bloques sueltos o en paneles horizontales del propio sustrato rocoso de la montaña, las siluetas de pie o su forma abstracta -rectangular o trapezoidal- están ejecutadas, salvo contadas excepciones, mediante la técnica del picado por percusión.

Los podomorfos de Castillejo Alto, en uno de los puntos culminantes del Macizo de Jandía, o los existentes en el Barranco de la Peña y en el poblado de Tisajoyre, en el Malpaís de la Arena, generalizan para otros puntos de la isla una simbología que se estimaba exclusiva de la montaña mágica.

El motivo se repite en Lanzarote, mereciendo destacar la denominada “Piedra del Majo”, con 14 de estas representaciones, íntimamente vinculadas a la célebre “Quesera de Zonzamas”, cuya forma singular ha merecido la consideración de recinto religioso. La cercana Peña del Conchero, en los Llanos de Zonzamas o la Peña del Guanche, en Femés, acogen igualmente figuraciones similares; a las que se han de añadir los magníficos ejemplos descubiertos en el dintel de entrada al Pozo de la Cruz, en San Marcial del Rubicón.

En Gran Canaria, además de las inscripciones rectangulares del yacimiento rupestre del Barranco de Balos, contamos con el valioso testimonio del cronista López de Ulloa, que, refiriéndose al “pino y a la fuente santa” de Teror, señala: 

“... en este pino, en el medio del, según me an testificado testigos de vista, está una loza de piedra viva, y en ella están estampadas dos señales de pies.....se dice que al pie de este pino... había una fuente de agua de la qual lavándose los enfermos de qualquiera lepra o enfermedad que tubiesen, heran libres della”.

¿A qué obedece la presencia de este motivo en la Prehistoria canaria?; ¿qué significado tiene su localización masiva en Tindaya o su vinculación al santuario canario de Aterure?; ¿qué concepciones religiosas se esconden tras la ejecución de estos grabados?. Son muchos los interrogantes sin respuesta convincente para un tipo de representación rupestre ampliamente difundida en toda la cuenca mediterránea y que hunde sus raíces en la cosmovisión de las comunidades de la Edad del Bronce, mil quinientos años antes del cambio de Era.

Documentados en los agrestes oratorios del Norte de África, en los templos fenopúnicos del ecumene cananeo e, incluso, en los santuarios de ese gran crisol de credos que fue la religión romana, la esencia pagana de los podomorfos sería reinterpretada con el paso de los siglos, al compás del avance de las oleadas islámicas y cristianas en ambas orillas del Mediterráneo. Su asimilación a la huella del pie de Fátima, de la Virgen o de diversos santos y morabitos se repite en nuestro Archipiélago, cuando la religiosidad popular y la tradición oral mencionan el “Pie de la Virgen” en Barranco Azul o el “Pie de fray Juan de San Torcaz” en Río Palmas, ambos en Fuerteventura. La advocación mariana desarrollada a partir de los viejos cultos a la fuente y al árbol en el santuario de Teror es, quizá, el ejemplo más concluyente de su carácter mágico-religioso entre las primitivas culturas canarias y de los esfuerzos de cristianización acometidos por los misioneros que llegan a las islas a raíz de la conquista.

Innumerables han sido los intentos de interpretar el significado de estas manifestaciones rupestres. Desde los que le atribuyen una relación con algún ritual mágico no precisado o de carácter fecundativo, atendiendo a la agrupación de las figuras por parejas; hasta los que apelan a una simbología de índole social, como expresión de alianzas familiares o vínculos matrimoniales, en una evidente aplicación de los criterios utilizados para explicar el arte paleolítico. No faltan tampoco las hipótesis que defienden su posición como “marcadores”, que señalaban a los “sacerdotes” la colocación de los pies en los rituales de la lluvia o la de los reos en estos lugares donde, hipotéticamente, se impartía justicia.

La finalidad de señalar la entrada o el umbral de acceso a un recinto sagrado ha sido igualmente esgrimida, en conexión con un posible rito de purificación relacionado con el paso a un ámbito supraterrenal.

Pero la lectura de los podomorfos ha de realizarse desde una perspectiva más amplia y, sobre todo, inherente a lo que significan por sí mismos, debiendo entroncarlos con los viejos cultos y creencias mediterráneos. La veneración hacia divinidades, espíritus o genios inmateriales –los “Invisibles”-, que escogen como lugar de fijación la cima de determinadas montañas, las fuentes naturales o determinados árboles, que quedan consagrados como santuarios donde se les rinde culto, justifican la aparición de este tipo de inscripciones. Las huellas de pie constituirían la forma de representar iconográficamente a aquellas entidades sobrenaturales de naturaleza benéfica, con frecuencia los espíritus de sus antepasados, distinguidas por el don de la invisibilidad y actuando como intermediarios ante los dioses supremos en la solicitud de lluvias abundantes y de la munificencia de la tierra y del ganado.

Los recientes estudios de índole astronómico han establecido posibles orientaciones de los grabados de Tindaya hacia determinados hitos orográficos – el Teide o la isla de Gran Canaria -, así como hacia eventos astronómicos significativos: -solsticios, lunasticios, posiciones de algunas estrellas y constelaciones-, de los que se han derivado posibles vínculos con cultos astrales, en especial con la estrella Venus, imagen celeste de la diosa púnica Tanit.

No obstante, carecemos actualmente de una información arqueológica que permita aseverar la sincronía en la ejecución de los podomorfos en todo el Archipiélago, así como su adscripción a un sistema de creencias común a todas las islas, por lo que las explicaciones fehacientes sobre las motivaciones que llevaron a la realización de estas inscripciones siguen siendo tan intangibles como los seres cuyas improntas fueron plasmadas en la dura roca de Tindaya.




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